Niños soldado en el Congo(Jaime Santos)
19 Mayo, 2009, por an10_162_2164Son niños y son soldados. En la República Democrática de Congo (RDC) se les llama kadogos. Van armados con Kaláshnikov, exhiben munición abundante al cinto, fuman bangui (marihuana) y se embriagan con kasese (aguardiente). Algunos llevan al cuello un rosario a modo de amuleto y exhiben las uñas esmaltadas de rojo o rosa. “Es el prestigio”, asegura Shimba, comandante hema de 19 años, de la Unión Patriótica Congoleña (UPC). Muchos de esos niños fueron capturados en sus aldeas, otros se alistaron al servicio de los señores de la guerra para ganarse una vida mejor. “Nadie pasa hambre con un fusil en la mano”, afirma Hervé Cheuzeville, un corso experto en desmovilización de niños soldado.
La UPC y los lendu del Frente de la Unión del Pueblo de Ituri (FRPI), así como las otras guerrillas que operan en la zona oriental del país, utilizan a miles de kadogos que entrenan durante unos días y envían al combate a morir. Aunque se trata de un crimen de lesa humanidad, nadie ha sido procesado por la Corte Penal Internacional.
“Todos están implicados, las guerrillas y los gobiernos. A veces, una milicia acepta entregar 100 niños para simular que coopera y cobrar ayudas, pero al mismo tiempo secuestra a otros 100 en un lugar diferente”, afirma Cheuzeville, que participó en dos programas para desmovilización de kadogos. “Ambos fueron un fracaso; la mayoría volvió a ser reclutada. Es imposible sacarlos de la milicia si no hay paz y un seguimiento de su reinserción. El obstáculo es lo que ellos llaman rito de iniciación: les obligan a matar y a violar en sus propias aldeas. Se trata de un punto de no retorno, un sistema de cortar las raíces con el pasado”.
Dele está al sur de la ciudad de Bunia. Es territorio comanche: viviendas fantasmales y calles silenciosas y desiertas; la gente huyó tras la incursión lendu del 6 de mayo. A la derecha de esa carretera se encontraba hasta el miércoles lo que la UPC llamó cuartel general avanzado. La mayoría eran kadogos. Su jefe portaba un medallón colgado de lo que debió de ser una cadena de retrete. “Soy el comandante Bill Clinton”, exclamó entre la algarabía de su tropa, una turbamulta inquietante y peligrosa bajo los efectos de la droga. Una casa agujereada a tiros y que apestaba a orín les servía de hogar hasta que los expulsó de ahí la Fuerza de Despliegue Rápido (FDR) de la UE.
Patrick era el encargado de montar guardia sentado sobre un taburete. Decía tener 20 años, pero no pasa de los 14. “Llevo en el Ejército cuatro años. Los lendu asesinaron a toda mi familia. He estado en combate y he matado. Cuando mato no siento nada, sólo disparo”. Dentro de la casa, Solage, de 13 años, preparaba la comida con un Kaláshnikov entre las piernas. Tenía mirada triste. “Antes vivía con mis padres. No voy al colegio desde hace un año. Ellos lo entienden porque saben que soy una soldado”.




