Fuente: tvblanket.com
Estuve fuera del Perú un mes. En la casa donde vivi, mis anfitriones, personas de la tercera edad pasan una parte importante de su tiempo frente a la pantalla chica y ven muchos programas de concursos, de varios países, muy distintos entre ellos.
Algunas variaciones en los escenarios, muy pocas, los idiomas sí cambian, ciertas adaptaciones culturalmente relevantes, el color de los ojos y la piel, pero un hecho macizo como el Everest: el mismo libreto se ha impuesto y globalizado.
Digamos que hay baile, o canto, que son niños o adultos, que se busca un tesoro en países lejanos o que se debe sobrevivir en parajes ignotos. De a uno, en pareja o en equipos, somos testigos de un desempeño, una performance, el abordaje de una misión, la resolución de un problema; somos público de una ilusión por conseguir el triunfo y podemos seguir, casi en tiempo real, los avatares de la ambición, los recovecos del desencanto, los meandros de emociones poderosas; y podemos atisbar lo que ocurre, mientras tanto, en las familias de los concursantes, en sus hogares, en sus colegios y en sus lugares de trabajo.
Y luego, en el momento de la verdad, los vemos llegar al escenario — los seguimos como a esos boxeadores que se abren paso para llegar al cuadrilátero— y someterse a las mismas miradas extasiadas, los mismos comentarios que califican o descalifican, las mismas lágrimas o bocas abiertas de par en par, de jurados y asistentes.
¿Salen de esos espacios totalitarios —porque nos permiten acceder a una aparente totalidad vivencial y unir nuestras emociones con las de millones de otros que se identifican con ellas— nuevos talentos? ¿Hay una democratización del estrellato? Sí, probablemente sí. Y se trata de programas exitosos, sin duda.
Son realities, ¿no? Nos dan acceso a la cruda realidad, a la competitiva realidad.
Pero, un momento, en todos ellos lo que gana uno o unos lo pierde otro u otros. Y no estoy muy seguro de que el principio de su éxito no esté más en el placer de presenciar derrotas que en el de aprender de las victorias. Acaso la gracia —o desgracia— es que todos podemos sentirnos el emperador que en el circo romano bajaba o subía el dedo. ¿Acaso la realidad es siempre un juego de suma cero? No, de ninguna manera. ¿Tanto desarrollo para eso?