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Entrenamientos y finales

Fuente: resultados-futbol.com

Preocupada, se ve realmente preocupada, como cuando uno se enfrenta a algo que no sabe si podrá manejar. “Pucha”, me dice, ” pensé que iba a suceder a los 14, 15, pero ¿A los 10?”. Cuando indago por la causa de su molestia, me responde: “me voltea a veces la cara, no hace lo que le pido a la primera y, sobre todo, ahora él sabe cómo y cuándo, si acaso, debe hacerlo. Imagínate, él, que juega fútbol desde los 6 y es un trome, nos ha dicho que quiere dejarlo”.

“¿Y qué temes?”, le pregunto. “Bueno”, me contesta, “con todo lo que uno escucha ahora, que no tenga los recursos para hacer frente a tanta tentación, que no sepa marcar bien su territorio, que sea influenciable, que si le ofrecen algo que no quiere termine aceptándolo por la presión del grupo, tú sabes”, concluye.

Sí sé. Sé que somos contradictorios y ambivalentes frente al crecimiento de nuestros hijos. Queremos que aprendan a decir “no”, que se puedan definir y defender sus fueros. Pero a la primera que nos lo dicen a nosotros y se desmarcan de nuestras maneras y preferencias, nos asustamos, nos desorientamos y vemos en ese entrenamiento, en esos peloteos de la individualidad, el precedente de un fracaso en los partidos oficiales.

Están calentando, aprendiendo, ejerciendo los albores de la identidad personal, en la cancha en la que se sienten más seguros, con los jugadores más queridos y conocidos, en principio profesionales pero benignos y con un público no tan crítico. ¿O queremos que jueguen su primer partido en el Maracaná, ante 120,000 espectadores, con árbitro FIFA y frente al Barza?

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Exigencias y tentaciones

Fuente: definicionabc.com

Hace muchos años, alrededor de 40, un psicólogo estaba investigando la diligencia de estudiantes e hizo una lista de conductas que la reflejaban, entre ellas: hacer tareas a tiempo y usar medias limpias. No sé cómo midió lo segundo, pero, contrariamente a lo que esperaba, cochinada y tareas puntuales iban perfectamente juntas. Lo dejó ahí, aunque hizo una broma acerca de que uno podía lavar sus medias o hacer sus tareas, pero no las dos cosas al mismo tiempo.

Pues resulta que no es una broma. Aunque muchos asumen que la fuerza de voluntad es una cantidad infinita, no es así, para nada: si uno la usa en algo, por ejemplo estudiar muy fuerte, queda menos para otras cosas, como cuidar la ropa, comer adecuadamente, hacer ejercicios, controlar el trago, etc.

Y todo indica, que en momentos como esos, cuando todas las energías, están orientadas a sacar buenas notas, los chicos se desbandan en otros aspectos de su vida, que no son menos importantes.

Cuando pienso en que los colegios y universidades plantean, desde el primer día, trabajos y exámenes, a un ritmo creciente, que también esperan que sus alumnos y estudiantes sean prosociales, solidarios, estables, equilibrados, emocionalmente inteligentes; y, al mismo tiempo, veo la variedad de estimulación que ofrecen calles, medios de comunicación, establecimientos, productos para comer, vestir y gozar, pues, qué quieren que les diga, me asusto.

Mucha más exigencia y mucha más seducción para una limitada fuerza de voluntad. No nos quejemos después y recordemos a Wilde: “puedo resistir a todo menos a la tentación”.

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Irrealities

Fuente: tvblanket.com

Estuve fuera del Perú un mes. En la casa donde vivi, mis anfitriones, personas de la tercera edad pasan una parte importante de su tiempo frente a la pantalla chica y ven muchos programas de concursos, de varios países, muy distintos entre ellos.

Algunas variaciones en los escenarios, muy pocas, los idiomas sí cambian, ciertas adaptaciones culturalmente relevantes, el color de los ojos y la piel, pero un hecho macizo como el Everest: el mismo libreto se ha impuesto y globalizado.

Digamos que hay baile, o canto, que son niños o adultos, que se busca un tesoro en países lejanos o que se debe sobrevivir en parajes ignotos. De a uno, en pareja o en equipos, somos testigos de un desempeño, una performance, el abordaje de una misión, la resolución de un problema; somos público de una ilusión por conseguir el triunfo y podemos seguir, casi en tiempo real, los avatares de la ambición, los recovecos del desencanto, los meandros de emociones poderosas; y podemos atisbar lo que ocurre, mientras tanto, en las familias de los concursantes, en sus hogares, en sus colegios y en sus lugares de trabajo.

Y luego, en el momento de la verdad, los vemos llegar al escenario — los seguimos como a esos boxeadores que se abren paso para llegar al cuadrilátero— y someterse a las mismas miradas extasiadas, los mismos comentarios que califican o descalifican, las mismas lágrimas o bocas abiertas de par en par, de jurados y asistentes.

¿Salen de esos espacios totalitarios —porque nos permiten acceder a una aparente totalidad vivencial y unir nuestras emociones con las de millones de otros que se identifican con ellas— nuevos talentos? ¿Hay una democratización del estrellato? Sí, probablemente sí. Y se trata de programas exitosos, sin duda.

Son realities, ¿no? Nos dan acceso a la cruda realidad, a la competitiva realidad.

Pero, un momento, en todos ellos lo que gana uno o unos lo pierde otro u otros. Y no estoy muy seguro de que el principio de su éxito no esté más en el placer de presenciar derrotas que en el de aprender de las victorias. Acaso la gracia —o desgracia— es que todos podemos sentirnos el emperador que en el circo romano bajaba o subía el dedo. ¿Acaso la realidad es siempre un juego de suma cero? No, de ninguna manera. ¿Tanto desarrollo para eso?

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Los altos atrás

Fuente: celulaweb.net

Luego de 25 años, nos volvimos a reunir. El progama de celebración estaba lleno de conmemoraciones, peregrinaciones, discursos. Una mañana nos juntamos en una de las aulas que habíamos frecuentado durante la primaria. Nos sentamos y, ante algunos de nuestros antiguos profesores, fuimos contando, uno a uno, qué había sido de nosotros desde la ceremonia de graduación.

No, los sabihondos de antaño, tampoco los obsesionados por las notas, parecían haber tenido recorridos especialmente interesantes. Es lo que estaba pensando, cuando habló Miguel. Al poco tiempo de egresar emigró y se convirtió, a punta de habilidad, iniciativa y perseverancia, en un exitoso empresario de la gastronomía.

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El fracaso escolar

¿Quién fracasa cuando un niño fracasa académicamente? Bueno, evidentemente el niño. Pero no es tan sencillo: el desempeño escolar depende de muchos factores. Hay la posibilidad de problemas específicos que hacen que una parte de lo que se enseña no se aprenda. Pero también puede ser que el método de enseñanza, la filosofía de la institución, o cualquier otro elemento de ese tipo, no produzca el mejor enganche entre escuela y niño. O puede haber complicaciones que vienen del hogar. ¿Cómo mirar un problema que genera mucha angustia de la manera más objetiva posible? El Dr. Roberto Lerner nos da algunas señas en la siguiente entrevista.

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La ropa de antaño

Fuente: cuentosdelmundos.blogspot.com

“Tengo en mi ropero un jean de hace tres años y hasta que no entre en él, no me sentiré a gusto conmigo misma”, me dice una mujer, de 38, a quien cuando le dicen que se ve bien, decide bajar unos kilitos. También he escuchado que si un hombre a los 50 puede entrar en el terno con el que se casó, puede esperar vivir muchos años más.

Los jeans de hace unos años y los ternos de hace muchos más no están en los guardarropas de las personas, sino en sus mentes, y es en ese espacio imaginario en el que no entran, y no en las prendas en las que no caben y que rebalsan las costuras.

Me recuerda a las hermanastras de la Cenicienta, dispuestas a rebanarse una parte del pie para entrar en un zapato que no les corresponde, en aras de ser princesas. De la misma manera, obsesionados como estamos en regresar nuestros organismos a un kilometraje que ya dejamos atrás hace mucho, en lugar de comprar prendas que se adecúen a nuestras actuales personas, estiramos o contraemos el cuerpo para que calce en una idea, en una ilusión, en una mentira.

Misión imposible, objetivo tramposo. Una cosa es mejorar nuestra apariencia y nuestra eficiencia, estar dentro de niveles e indicadores que aseguran mejor calidad de vida, lograr metas saludables, dentro de nuestro desarrollo y también el natural declive de nuestro ser; y otra, muy diferente, creer que nuestro bienestar emocional depende de un yo-yo calórico que nos permita entrar en prendas de antaño, lo que equivale a vestirnos con el pasado y ocultarnos detrás de una precaria y evanescente silueta.

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La importancia del juego con los hijos

¿Cuánto jugamos con nuestros hijos? No, no se trata de juegos de mesa, ni siquiera de saltar o corretear. Se trata de ejercer un placer compartido, sin agenda ni propósitos explícitos. ¿Hay diferencias entre papás y mamás en ese sentido? Pues parece que sí. Esas y otras variables son analizadas en la siguiente entrevista por el coordinador de nuestro Blog, el Dr. Roberto Lerner

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Ley seca

Fuente: caraacara.blogspot.com

A pesar de las odas a la libre determinación de los agentes económicos y culturales y la antipatía que producen los intentos de regulación en ciertos sectores, digamos conservadores, sus integrantes no tienen muchos reparos en cuanto a la vida privada: cada vez intentan introducir en ella más controles.

El consumo de bebidas alcohólicas, de alimentos, y otras conductas ligadas al placer, tienen horario, territorio y calendario. Y deben tenerlo, ¿pero impuesto desde reglamentos? ¿O, sería más sano, aunque más complejo y menos populista, educar en la autorregulación?

Un ejemplo: hay escuelas en los Estados Unidos donde se ha prohibido las gaseosas azucaradas. La obsesión con la obesidad, la misma que quiere obligar a los restaurantes poner al costado de cada plato de un menú las calorías que contiene (¿por qué no una lista de todas las contraindicaciones?), y la concepción del cuerpo como enemigo y campo de lucha contra el deseo, ha impuesto sus condiciones.

Pues resulta que en los lugares donde se ha proscrito las gaseosas, los chicos se han encargado de producirlas ellos mismos —sin controles de calidad sanitarios, claro— y… de paso comercializarlas.

Aunque la salud difícilmente va a mejorar, el emprendedurismo sí se va a agudizar, lo cual no está mal, pero el mensaje destroza la educación y la legalidad. Ya deberíamos haber aprendido la lección si recordamos a Elliot Ness y Los Intocables: si solamente nos fijamos en un aspecto, terminamos perjudicando el conjunto.

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El señor de los datos

Fuente: ensalud.com.do

Los resultados de las investigaciones de Diederik Stapel lo llevaron a la fama mediática, la respetabilidad científica y el seguimiento de jóvenes estudiantes que hacían sus doctorados bajo su supervisión ilustrada, dentro de los campos que él había abierto a la ciencia de la mente.

Desde su Ph.D. con honores, fue escalando posiciones en las prestigiosas universidades de su Holanda natal, hasta publicar en Science y Nature, revistas que siguen los estándares más exigentes en cuanto a la revisión de potenciales artículos y cuyas páginas acogen a premios Nóbel de todas las disciplinas.

Ocurre que todo fue una gran farsa. El psicólogo social fabricó prácticamente todos los datos. No es que acomodó algunas informaciones, maquilló algunas respuestas, exageró algunas tendencias, sino que, literalmente, inventó, con premeditación y frialdad, resultados para “sustentar” ideas que sabía podían ser atractivas para sus colegas, los medios y la opinión pública.

Instructiva demostración de que hay que tomar con pinzas el supuesto desinterés de los científicos y su búsqueda desprendida de la verdad, sobre todo si están sometidos a una presión permanente por publicar y desfilar por la pasarela bajo los reflectores de la vanidad. Lamentable demostración de que la carrera por logros a toda costa, estar siempre adelante que el resto y competitividad a cualquier precio, que comienzan en el nido y los colegios, termina muchas veces mal.

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Adolescentes

Fuente: blog-medico.com.ar

Estados de ánimo oscilantes, el equivalente de una montaña rusa emocional, por un lado; y, por el otro, avidez de experiencias y sensaciones. ¿se necesita precisar que estamos hablando de adolescencia? ¡Ah, cuántos problemas se evitaría si la mesura que trae la edad apareciera antes en el ciclo vital!

Consumo de sustancias psicoactivas, muertes en accidentes de tránsito, peleas callejeras y pandillaje. Una larga lista de males individuales y colectivos parece emanar directamente de las características más saltantes de esa edad chúcara que nos confunde y atemoriza. Sin olvidar esa súbita condescencia y descaro frente a adultos que antes parecían valorar.

Un cerebro especialmente goloso de moléculas ligadas al placer explican, en parte, la pasión por lo nuevo y lo inesperado. Adolescentes y gatos comparten esa curiosidad que, dice el refrán, mata.

Pero, luego de haber consolidado los aprendizajes esenciales —manejo del cuerpo, pericia lingüística, pensamiento que trasciende lo concreto— dentro de la seguridad del mundo creado por los adultos en el que todos nacemos, hay que iniciar emprendimientos propios. Sin la capacidad de mochilear con pasión se está seguro, pero no se llega lejos.

Los supuestos males y peligros de la adolescencia son la otra cara de la moneda que permitió a los humanos desprenderse de las ramas de los árboles, conquistar el mundo y crear civilizaciones.

Sí, dejamos de ser sus referentes —aunque desean y necesitan los límites que les ponemos—, para vivir preferente e intensamente en un mundo de pares. Pero, si no, ¿cómo podrían formar sus propias familias?

Quizá si fuéramos más sabios de adolescentes, de viejos seríamos más estúpidos.

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