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Huellas y maestros

¿Coincidencia? Quizá. León Trahtemberg, colega y amigo, mientras hacemos nuestro camino a una de las oficinas de Interbank, para encontrarnos con Hugo Díaz, me entrega una fotocopia. Me dice que su suegro, Eliahu Kehati, le entregó para mí un artículo.

El profesor Kehati, mi tutor en el último tramo de la secundaria, dejó en mí una huella profunda. Me enseñó a preguntar, a cuestionar e ir más allá de las evidencias, de la superficie. Pero, sobre todo, plantó el deseo de lograr que otros, por lo menos algunos, sintieran, en ese vínculo tan especial, en esa aventura tan singular que son los procesos educativos, lo mismo que él me hizo sentir. Vale decir, me convirtió, aunque no seguí la carrera pedagógica, en maestro.

Ironía del destino: el texto que tengo en mis manos tiene que ver con La Muchedumbre Solitaria, de David Riesman. Revisito, 45 años después, un tema que ya habíamos debatido en clase con él, junto con el Miedo a la Libertad, de Fromm, que siguen siendo absolutamente relevantes, vistos ahora bajo la óptica de las relaciones virtuales y las redes sociales.

¿Por qué ironía? Pues, el yerno —maestro que viene de la ingeniería— y el pupilo —maestro que viene de la psicología—, trayectos que, seguramente, algo tuvieron que ver con las huellas que dejó la misma persona, se disponen a coordinar con otro colega y un equipo de Interbank, la culminación de la convocatoria a la sexta edición del Maestro que Deja Huella, que busca, y encuentra, a docentes peruanos que hicieron por sus alumnos, por la comunidad educativa en general, lo mismo que aún perdura, con la fuerza de siempre, 45 años más tarde, en nosotros.

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Estoy por terminar el colegio y no sé qué estudiar

¿Hay que saber lo que uno quiere estudiar cuando se termina en colegio? Ante la enorme cantidad de oferta y opciones que tenemos en este momento, la respuesta es no. La confusión inicial es no solamente normal, sino deseable. Un compás de espera es lo mejor. Y si se quiere orientar a los chicos, pues, no los evaluemos, hagámoslos más bien pensar en si prefieren trabajar solos o en equipo, con gente o con procesos. Son algunos de los conceptos que desarrolla en la siguiente entrevista el Dr. Roberto Lerner.

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El niño y el mar


Fuente: es.dreamstime.com

Cuando se levanta la neblina es posible ver el peñasco que delimita la playa por el norte. Una bandada de gaviotas gritonas pasa por encima de las cabezas del niño y su padre, concentrados en los muimuis que han recogido momentos antes. El niño sonríe y dice: “mira, papito, una pajarada”. Nadie lo corrige. También dice, de acuerdo con las ocasiones, muimuyada, avionada, cuando ve muchos de algo.

De tanto en tanto corren aventuras, vale decir, es lo que ha explicado el papá, caminar dejando al azar lo que encuentren, conocer lo desconocido o, simplemente, deambular sin destino fijo. Entonces, la mirada de ambos se desliza por la arena, por las olas, por las piedras; y ya se ha detenido y profundizado en cadáveres de pelícanos, caparazones extraños, una araña de mar cazada luego de larga persecución, o una fortaleza de arena hecha por otras manos.

Pero el sol ocultándose poco a poco es lo que más excita su curiosidad. Los por qué no cesan, a pesar de que es un espectáculo repetido. En esos casos, la más difícil para los adultos es controlar las ganas de hacer una clase de astronomía. Cuando guardan silencio un instante, después de la pregunta se encuentran con las respuestas del niño, con sus increíbles teorías, con sus erradas pero hermosas explicaciones.

Claro, son tiernas y cómicas, pero su valor reside en que permiten atisbar, a través del mar y sus misterios, una mente que se abre al mundo sin complejos, que quiere mirar y hablar, pensar y sentir, observar y opinar. La verdad, una parte de ella, vendrá más adelante.

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Boxeadores groguis en el primer round

Fuente: es.dreamstime.com

A pocos días de haber iniciado las clases un chico de 11 años me dice que ya le han dejado tres libros para leer y varios trabajos, fuera de los deberes que cada profesor va soltando casi de oficio.

Lo miro y me parece ver a uno de esos boxeadores que se abrazan de su contendor para evitar seguir recibiendo golpes, porque saben que el próximo los puede noquear. Solamente que en este caso estamos en el primer segundo del primer round, de una pelea pactada a 100.

No dejarán de decirme que, bueno, por algo está en un consultorio psicológico. Y sí, es un paciente, pero sucede que es un alumno muy destacado.

El problema es que los chicos no tienen la menor idea de cuál es el sentido de esa andanada cotidiana de misiones que cumplir. Y muchos de ellos, cuando profundizamos en sus sentimientos, terminan hablando de los realities y concursos que abundan y reinan en la mente colectiva.

Todos estamos sometidos al escrutinio de un público virtual frente al que tenemos que entrenarnos, ir hasta el extremo de nuestras fuerzas, y medir nuestros desempeños con el de nuestros semejantes.

Se supone que eso es una metáfora de la vida: competir, ejercer fuerza de voluntad, ganar. No solamente la educación no puede mantenerse ajena al espíritu de los tiempos, sino que debe foguear a sus integrantes mientras se alistan para ser ciudadanos a tiempo completo.

El problema es que educar tiene poco que ver, mejor dicho, no tiene nada que ver con entumecer a los alumnos con tareas y trabajos cotidianos sentidos como una seguidilla de golpes. Educar despierta, no atonta.

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Rompecabezas dolorosos

Fuente: fotos.categoriageneral.com

El mundo es un misterio. Cada mente que inicia su camino en la vida le va dando sentido a lo largo de su camino. Colores, sonidos, nacimientos, muertes, tecnologías, reglas, relaciones, palabras, funciones corporales, oficios, instituciones, se llenan de significados.

Nuestra arquitectura cerebral, la época en que nacemos, la cultura en la que vivimos, la familia que nos toca, las circunstancias específicas y el estilo que traemos, se conjugan para producir un mundo individual único e irrepetible, pero que puede entrar en contacto con otros, que puede ser, parcialmente, entendido.

Y que puede acoger el mundo ancho y ajeno como propio, relevante, comprensible, aceptable, placentero; y tolerar el dolor, la injusticia y lo que queda de absolutamente misterioso en él; o rebelarse creativamente dentro de él.

Pero, ¿qué pasa cuando hay entornos familiares que secuestran datos esenciales, se roban la posibilidad de ordenar, complotan activamente contra el derecho a la verdad, se vuelven impredecibles de tanto encubrir y ofrecer versiones contradictorias e interesadas?

Me lo respondió una niña de 11 años cuando le pregunté qué objeto no querría ser de ninguna manera. “Un rompecabezas”, me dijo. “Cuando tratan de obligar, a la fuerza, a estar juntas dos piezas que no corresponden, duele”.

Armar el complejo rompecabezas que nos ofrece la vida, requiere un apoyo benévolo del entorno, un mínimo de buena voluntad por parte de sus personajes principales. Sin eso, predomina el dolor.

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Entrenamientos y finales

Fuente: resultados-futbol.com

Preocupada, se ve realmente preocupada, como cuando uno se enfrenta a algo que no sabe si podrá manejar. “Pucha”, me dice, ” pensé que iba a suceder a los 14, 15, pero ¿A los 10?”. Cuando indago por la causa de su molestia, me responde: “me voltea a veces la cara, no hace lo que le pido a la primera y, sobre todo, ahora él sabe cómo y cuándo, si acaso, debe hacerlo. Imagínate, él, que juega fútbol desde los 6 y es un trome, nos ha dicho que quiere dejarlo”.

“¿Y qué temes?”, le pregunto. “Bueno”, me contesta, “con todo lo que uno escucha ahora, que no tenga los recursos para hacer frente a tanta tentación, que no sepa marcar bien su territorio, que sea influenciable, que si le ofrecen algo que no quiere termine aceptándolo por la presión del grupo, tú sabes”, concluye.

Sí sé. Sé que somos contradictorios y ambivalentes frente al crecimiento de nuestros hijos. Queremos que aprendan a decir “no”, que se puedan definir y defender sus fueros. Pero a la primera que nos lo dicen a nosotros y se desmarcan de nuestras maneras y preferencias, nos asustamos, nos desorientamos y vemos en ese entrenamiento, en esos peloteos de la individualidad, el precedente de un fracaso en los partidos oficiales.

Están calentando, aprendiendo, ejerciendo los albores de la identidad personal, en la cancha en la que se sienten más seguros, con los jugadores más queridos y conocidos, en principio profesionales pero benignos y con un público no tan crítico. ¿O queremos que jueguen su primer partido en el Maracaná, ante 120,000 espectadores, con árbitro FIFA y frente al Barza?

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Exigencias y tentaciones

Fuente: definicionabc.com

Hace muchos años, alrededor de 40, un psicólogo estaba investigando la diligencia de estudiantes e hizo una lista de conductas que la reflejaban, entre ellas: hacer tareas a tiempo y usar medias limpias. No sé cómo midió lo segundo, pero, contrariamente a lo que esperaba, cochinada y tareas puntuales iban perfectamente juntas. Lo dejó ahí, aunque hizo una broma acerca de que uno podía lavar sus medias o hacer sus tareas, pero no las dos cosas al mismo tiempo.

Pues resulta que no es una broma. Aunque muchos asumen que la fuerza de voluntad es una cantidad infinita, no es así, para nada: si uno la usa en algo, por ejemplo estudiar muy fuerte, queda menos para otras cosas, como cuidar la ropa, comer adecuadamente, hacer ejercicios, controlar el trago, etc.

Y todo indica, que en momentos como esos, cuando todas las energías, están orientadas a sacar buenas notas, los chicos se desbandan en otros aspectos de su vida, que no son menos importantes.

Cuando pienso en que los colegios y universidades plantean, desde el primer día, trabajos y exámenes, a un ritmo creciente, que también esperan que sus alumnos y estudiantes sean prosociales, solidarios, estables, equilibrados, emocionalmente inteligentes; y, al mismo tiempo, veo la variedad de estimulación que ofrecen calles, medios de comunicación, establecimientos, productos para comer, vestir y gozar, pues, qué quieren que les diga, me asusto.

Mucha más exigencia y mucha más seducción para una limitada fuerza de voluntad. No nos quejemos después y recordemos a Wilde: “puedo resistir a todo menos a la tentación”.

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Irrealities

Fuente: tvblanket.com

Estuve fuera del Perú un mes. En la casa donde vivi, mis anfitriones, personas de la tercera edad pasan una parte importante de su tiempo frente a la pantalla chica y ven muchos programas de concursos, de varios países, muy distintos entre ellos.

Algunas variaciones en los escenarios, muy pocas, los idiomas sí cambian, ciertas adaptaciones culturalmente relevantes, el color de los ojos y la piel, pero un hecho macizo como el Everest: el mismo libreto se ha impuesto y globalizado.

Digamos que hay baile, o canto, que son niños o adultos, que se busca un tesoro en países lejanos o que se debe sobrevivir en parajes ignotos. De a uno, en pareja o en equipos, somos testigos de un desempeño, una performance, el abordaje de una misión, la resolución de un problema; somos público de una ilusión por conseguir el triunfo y podemos seguir, casi en tiempo real, los avatares de la ambición, los recovecos del desencanto, los meandros de emociones poderosas; y podemos atisbar lo que ocurre, mientras tanto, en las familias de los concursantes, en sus hogares, en sus colegios y en sus lugares de trabajo.

Y luego, en el momento de la verdad, los vemos llegar al escenario — los seguimos como a esos boxeadores que se abren paso para llegar al cuadrilátero— y someterse a las mismas miradas extasiadas, los mismos comentarios que califican o descalifican, las mismas lágrimas o bocas abiertas de par en par, de jurados y asistentes.

¿Salen de esos espacios totalitarios —porque nos permiten acceder a una aparente totalidad vivencial y unir nuestras emociones con las de millones de otros que se identifican con ellas— nuevos talentos? ¿Hay una democratización del estrellato? Sí, probablemente sí. Y se trata de programas exitosos, sin duda.

Son realities, ¿no? Nos dan acceso a la cruda realidad, a la competitiva realidad.

Pero, un momento, en todos ellos lo que gana uno o unos lo pierde otro u otros. Y no estoy muy seguro de que el principio de su éxito no esté más en el placer de presenciar derrotas que en el de aprender de las victorias. Acaso la gracia —o desgracia— es que todos podemos sentirnos el emperador que en el circo romano bajaba o subía el dedo. ¿Acaso la realidad es siempre un juego de suma cero? No, de ninguna manera. ¿Tanto desarrollo para eso?

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Los altos atrás

Fuente: celulaweb.net

Luego de 25 años, nos volvimos a reunir. El progama de celebración estaba lleno de conmemoraciones, peregrinaciones, discursos. Una mañana nos juntamos en una de las aulas que habíamos frecuentado durante la primaria. Nos sentamos y, ante algunos de nuestros antiguos profesores, fuimos contando, uno a uno, qué había sido de nosotros desde la ceremonia de graduación.

No, los sabihondos de antaño, tampoco los obsesionados por las notas, parecían haber tenido recorridos especialmente interesantes. Es lo que estaba pensando, cuando habló Miguel. Al poco tiempo de egresar emigró y se convirtió, a punta de habilidad, iniciativa y perseverancia, en un exitoso empresario de la gastronomía.

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El fracaso escolar

¿Quién fracasa cuando un niño fracasa académicamente? Bueno, evidentemente el niño. Pero no es tan sencillo: el desempeño escolar depende de muchos factores. Hay la posibilidad de problemas específicos que hacen que una parte de lo que se enseña no se aprenda. Pero también puede ser que el método de enseñanza, la filosofía de la institución, o cualquier otro elemento de ese tipo, no produzca el mejor enganche entre escuela y niño. O puede haber complicaciones que vienen del hogar. ¿Cómo mirar un problema que genera mucha angustia de la manera más objetiva posible? El Dr. Roberto Lerner nos da algunas señas en la siguiente entrevista.

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