Fuente: cuentosdelmundos.blogspot.com
“Tengo en mi ropero un jean de hace tres años y hasta que no entre en él, no me sentiré a gusto conmigo misma”, me dice una mujer, de 38, a quien cuando le dicen que se ve bien, decide bajar unos kilitos. También he escuchado que si un hombre a los 50 puede entrar en el terno con el que se casó, puede esperar vivir muchos años más.
Los jeans de hace unos años y los ternos de hace muchos más no están en los guardarropas de las personas, sino en sus mentes, y es en ese espacio imaginario en el que no entran, y no en las prendas en las que no caben y que rebalsan las costuras.
Me recuerda a las hermanastras de la Cenicienta, dispuestas a rebanarse una parte del pie para entrar en un zapato que no les corresponde, en aras de ser princesas. De la misma manera, obsesionados como estamos en regresar nuestros organismos a un kilometraje que ya dejamos atrás hace mucho, en lugar de comprar prendas que se adecúen a nuestras actuales personas, estiramos o contraemos el cuerpo para que calce en una idea, en una ilusión, en una mentira.
Misión imposible, objetivo tramposo. Una cosa es mejorar nuestra apariencia y nuestra eficiencia, estar dentro de niveles e indicadores que aseguran mejor calidad de vida, lograr metas saludables, dentro de nuestro desarrollo y también el natural declive de nuestro ser; y otra, muy diferente, creer que nuestro bienestar emocional depende de un yo-yo calórico que nos permita entrar en prendas de antaño, lo que equivale a vestirnos con el pasado y ocultarnos detrás de una precaria y evanescente silueta.







